CUENTOS C1

Diecisiete ingleses envenenados

Somos diecisiete. Diecisiete ingleses envenenados. Nos ha matado Gabriel García Márquez porque quería titular así uno de sus cuentos y porque necesitaba demostrar a la protagonista del cuento que la muerte está escondida detrás de la esquina y que se habría muerto también ella si hubiera escogido nuestro hotel. ¡Vaya ironía! Nos reiríamos si no estuviéramos muertos. Pero ya se ha hecho. Márquez nos condenó a la muerte por intoxicación y ahora estamos tumbados uno al lado del otro en un depósito de cadáveres en algún lugar de Roma. Ahora nuestras familias se van a preguntar si el seguro de viaje cubre la repatriación del cuerpo a Inglaterra.

Sí, cuerpos. Diecisiete, para ser exactos. Antes éramos personas. Cada una con su vida, sus vicios, problemas, amores, esperanzas. Íbamos de vacaciones a Italia, algunos por primera vez. Bella Italia, aunque sus sopas resultaron un poco nocivas, disfrutamos mucho de la excursión por sus tierras. Empezó todo en el aeropuerto de Heathrow a las 5 de la mañana. Llegamos al lugar de encuentro todavía con los ojos dormidos y las maletas ligeras que contenían sólo poca ropa, ya que estábamos en agosto. Nos miramos con unas sonrisas tímidas y casi imperceptibles, nos saludamos con un movimiento de cabeza. Una pareja de cuarentones, una familia con dos hijos, una anciana, un grupo de amigos, un joven abandonado por su novieta, una “business-woman” con gafas de sol. En fin, diecisiete almas pérdidas volando a la península Apenina.

Una anciana se sentó a mi lado en el avión. Me contó historias sobre sus nietos y nietas. Cuántos éxitos tenían, cuánto sabían, cuánto talento tenían. Pero no me dijo ni una palabra sobre sí misma. Mientras esperábamos el equipaje después de aterrizar en Roma, estuve observando a una pareja que tenía la edad de mis padres. Se abrazaban y acariciaban como si estuvieran enamorados por primera vez. ¿Quizás era su viaje de novios? ¿Tienen bastante amor, el uno para el otro, que les baste para todos los años de eternidad que ahora van a compartir juntos? Una vez subimos al bus hacia el centro, me puse a escuchar la historia que relacionaba la “business-woman” con su compañero del otro asiento. Ella se sentía infeliz y aburrida. Tuvo que tomar vacaciones y como no le quedaba tiempo para buscar algo antes, cogió este viaje de “last minute”. Mientras la chica hablaba, al otro lado del bus se oía gritos. Era la familia con hijos. Se peleaban por una travesura del más pequeño…

Y así siguieron las historias de diecisiete turistas ingleses. Y así podrían haber seguido toda la vida si no fuera por la maldita “zuppa” de Márquez.

Barbara, 2011

 

La muerte británica

Soy doña Pelayo de la Cruz, mujer del embajador de España en Londres. Me toca coger el avión por primera vez y por desgracia no tuve más opción que viajar en un low-cost. Así va el mundo ahora e incluso una dama de mi rango tiene que doblegarse a estos imperativos de la vida moderna. Pero no acabo de conformarme ¿cómo se les ocurre mezclar a la flor de la sociedad con el pueblo llano? En fin…

 

Estoy esperando en la sala de embarque, y aunque esté en una zona que no tenga nada de estilo, me he emperifollado y estoy divina, como conviene que esté una señora como yo. Observo a la muchedumbre y me aparece muy curiosa: es todo un popurrí de gente, todas las generaciones se mezclan, todas las razas, todos los rangos. Allí en el fondo hay un grupo de ingleses, son diecisiete hombres, les reconozco muy bien, ellos sí que pertenecen a mi especie: su forma de actuar, de llevar el sombrero, el bastón, el traje; su manera de cruzar las piernas, de mantener la espalda siempre recta, los labios apretados, los ojos fijos e inexpresivos.

 

Me enamoré del estilo inglés, me miro con ilusión en las ladies. Llevo veinte años viviendo en Londres, veinte años esforzándome en imitarlas, haciendo lo posible para ser tan distinguida como lo son ellas y como les gusta que seamos a ellos. Y ahora he llegado hasta el punto en el que me da grima ver a mi marido con su apariencia tan típica de la burguesía clásica de España. No puedo verlo ni en pintura, sueño cada noche con Lord Wellington – que por cierto se parece mucho al inglés número tres – y estoy por dejarlo todo e irme con él para siempre. Al ver estos diecisiete lords se me despiertan las fantasías.

 

Entramos en el avión y por suerte me toca un asiento muy cerca de ellos, ubicado de tal manera que les puedo ver a todos. ¡Qué bellos son! Pero noto algo curioso en su expresión, una rojez en sus mejillas, una indolencia en su conducta. Parecen todos muy cansados, un sopor flota en el aire que les rodea. Este grupo lleva algo turbio, es cierto y ahora me parece muy claro: están moribundos. Lo que más me asegura esta idea es el silencio que mantienen, cueste lo que cueste. A pesar de que sean ingleses y de mucha distinción, deberían por lo menos murmurar, intercambiar unas frases de cortesía o contestar a las azafatas. Pero no. Se quedan en el silencio absoluto. Un silencio que no destaca tanto la pereza de hablar, sino el ceremonial de un suicidio colectivo. La gravedad con la cual llevan este silencio – como si fuera el traje más elegante que pudieran llevar en esta ocasión – me asegura no solamente el acto que van a cometer sino también la infinita clase que tienen y cómo esta clase me excita.

 

El avión despega y poco a poco, uno después del otro, con una lentitud majestuosa se les van cerrando los párpados y puedo sentir su respiración, imperceptiblemente debilitarse, alargarse, hacerse siempre más tenue, hasta el momento en que desaparece del todo, se apaga, se desvanece, se muere.

 

Hace dos horas que volamos y ahora los diecisiete ingleses tienen los ojos cerrados, ni uno se mueve, están todos rectos como palos, inmóviles como piedras. Les veo muy bien a los diecisiete, están todos muertos y al contemplar esta muerte grandiosa, digna de los más trágicos finales de la literatura inglesa, al ver esta muerte mítica me pongo muy nerviosa, estoy fascinada.

 

Unos minutos nos apartan del aterrizaje, una azafata anuncia por los altavoces que estamos llegando al Cairo y nos ruega que nos abrochemos los cinturones. Queda poco tiempo antes de que el golpe de efecto acabe por desvelarse a la luz del día, pero durante los quince minutos que sobran, soy la única espectadora de esta comedia. Me siento especial, privilegiada, como si me hubieran elegido a mí por los esfuerzos que he realizado por gustarles. Me siento tan orgullosa que estoy por pasarme, por romper la confianza que me dieron, por levantarme y abrazarlos, y besarlos, y tocarlos, mancillarlos con mis manos de doña nadie, de plebeya… ¡Dios! Estos diecisiete ingleses me vuelven loca.

 

Pero, cuando me voy a levantar, el inglés número siete mueve el meñique, es un movimiento imperceptible pero juraría que sí que lo ha movido. Me siento de nuevo con todo mi peso, asombrada. ¡El número siete está vivo! Todo se desvanece a mi alrededor. Ahora veo su pecho hincharse. Está moviendo los párpados, su nariz se estremece. ¡Está vivo! Tan pronto como me doy cuenta de esta terrible noticia el número quince se lleva la mano a la frente y se rasca con energía. En un abrir y cerrar de ojos los diecisiete desgraciados empiezan de común acuerdo a moverse: uno ronca, el otro se gira y de pronto están charlando, riendo, gritando sin preocuparse por lo que puede pensar la gente.

 

Cuando las puertas se abren se levantan como un solo hombre, rojos y sonrientes, más vivos que nunca y dejan el escenario sin una mirada para mí.

 

El avión está vacío ya, silencioso, debería salir como los demás, pero no puedo. No es la primera vez que algo parecido me ocurre. Cada vez estoy más cerca de que se alcance, de que el espectáculo se termine pero en un momento u otro todo se desvanece y la gente me desilusiona. Como si nunca pudiera disfrutar de la Muerte Británica en su totalidad. No puede ser siempre así, se acabó, está decidido. La próxima vez no me engañarán y cogeré el toro por los cuernos: echaré yo una medida de cianuro en su té y aprovecharé el espectáculo hasta el final.

Thomas, mayo 2011

1 Comentario »

  1. muy buenas acabo de enterarme de tu pagina y la verdad es que me parece genial no sabia de mas personas interesadas en estos temas, aqui tienes un nuevo lector que seguira visitandote quincenalmente.

    Comentario por los tres cerditos y el lobo feroz — 10/08/2012 @ 5:03 pm | Responder


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