CUENTOS C1

El avión de la bella durmiente

Al lado

Fue mi primer vuelo intercontinental, o sea mi primer vuelo realmente largo y con todo el derecho del mundo puedo afirmar que fue una vivencia única.

Era un día de nieve y hacía un frío intenso cuando llegué al aeropuerto Charles de Gaulle de París. La construcción futurista parecía como una de esas bolas de cristal en cuyo interior, al sacudirlas, empieza a nevar. Sólo que no nevaba en el interior de la bola sino en su exterior. Eran las nueve de la mañana y todavía quedaba una hora y media hasta la salida del avión. Como siempre llegué temprano, ya había arreglado todo los papeles y estaba sentada en un banco contemplando a la gente, cuando le vi. Estaba haciendo la cola para la facturación a unos veinte metros. Era el hombre más guapo que había visto en mi vida. Era de una belleza escultural. Tenía los ojos marrones y el cabello castaño y rizado y le llegaba a los hombros. No era de elevada estatura pero tenía el aspecto fuerte y unas manos grandes. Sus movimientos eran suaves y fluidos. Pude observarle de manera muy detallada porque antes de él, en la cola, había una anciana holandesa que no terminaba nunca de discutir con la empleada por el perrito que quería llevarse en el equipaje de mano. El chico guapo de antes parecía distraído, como en otro mundo. Miraba fijamente hacia una mujer joven al otro lado del vestíbulo. ¿No será su mujer?) – me pregunté– es demasiado joven. Además ella no le hace ni caso.

Fuera el temporal de nieve empeoraba cada vez más. Entonces avisaron por el altavoz de que ningún avión podía despegar y que había que esperar el final de la tormenta.

Había perdido de vista al hombre más guapo. Preocupada empecé a buscarme algo para comer y esperé volver a verle entre la muchedumbre. ¿Por qué estaba tan nerviosa? Era sólo un hombre guapo, como muchos otros…Le pregunté al barman si pensaba que existían los amores a primera vista. Claro que sí – me dijo, tendiéndome el bocadillo que había pedido con la mano derecha y exigiendo con impaciencia el dinero con la izquierda.

Por la tarde, finalmente, el tiempo se calmó y la gente pudo subir al avión y tomar sus asientos. Todavía me rompía la cabeza con la desaparición del hombre más bello que había entrado por sólo un instante en mi vida, cuando volví a verle. Estaba en el mismo avión y dos minutos más tarde, mirando mi bording-pass, comprendí que incluso tenía el asiento de al lado. Eso no podía ser casualidad. Guardé mi equipaje de mano y me senté al lado del chico guapo. Tenía el pulso a cien. Estaba a punto de empezar una charla con él, y cuando me decidí, me di cuenta de que, igual que antes en el vestíbulo, estaba contemplando fijamente a la mujer durmiente a su lado y que esa mujer además era la misma que antes. ¡Qué desilusión! Entonces me había equivocado, será su mujer. ¡Siempre los mejores hombres ya están cogidos!

Saqué mi libro de la bolsa e intenté distraerme en vano. Cuando vino la azafata para servirnos la cena entendí por la conversación entre ella y el chico guapo que en contra de mi suposición no eran pareja, lo cual no cambió nada del hecho de que el chico guapo siguiera mirándola sin cesar y, peor aún, con ojos de enamorado. Mi único consuelo fue que la joven no se despertó durante todo el vuelo. Una vez, el bello para irse al lavabo tuvo que pasar por delante de mí e intenté sin éxito captar su mirada. Al volver del lavabo se agachó para recoger una cosita que le había caído al suelo a la anciana holandesa de antes y se la puso en el regazo. ¿Cómo podía ser que el hombre de mi vida no me prestara la mínima atención a mí sino a una holandesa de peso excesivo y entrada en años?

El chico guapo no paró de tomarse una champaña tras otra como si quisiera emborracharse porque su adorada durmiente no había aceptado su invitación de tomar una juntos. ¡Si sólo me hubieras invitado a mí, yo no habría rechazado tu oferta! – pensé frustrada.

Al final, después de ocho horas aterrizamos en Nueva York. La joven de al lado del chico guapo se despertó justo en el momento en que abrieron las puertas del avión y salió corriendo. El chico guapo la siguió unos pasos pero en seguida la perdió de vista. Pareció triste y melancólico. ¡No estés triste! – le dije de lejos sin que pudiera oírme. ¡Espérame!

Hannah Unger, febrero 2011

UN WAGNER QUEMADO

Érase una vez, durante un hermoso día de verano, Josefina, una chica de 25 años, estaba preparándose para ir a la universidad. Estaba radiante y llena de vida. Vivía en un pequeño apartamento modesto en el tercer piso. La decoración era sencilla y moderna. Se podía distinguir su amor por las plantas y la pintura. Su apartamento estaba lleno de macetas, ramos, bocetos, caballetes y materiales de dibujo.

 

Como de costumbre, Josefina se ponía música a un volumen alto y dejaba velas aromáticas encendidas cerca de la ventana para ventilar el interior, mientras estaba duchándose. Por desgracia, había viento ese día, y los visillos ardieron sin que ella lo supiera. Pinturas y plantas se quemaron poco a poco al ritmo de la canción de Wagner. Los transeúntes de la calle se dieron cuenta de las llamas a través de la ventana. Llamaron a una ambulancia, pero Josefina estaba todavía en el interior del cuarto de baño. Ella, siempre se tomaba su tiempo para prepararse.

 

Después de un rato, Josefina olió a quemado, salió envuelta en su toalla y descubrió su apartamento en llamas. El humo le cegó la vista y le impedía respirar. Josefina intentó llegar a la puerta principal, pero fue en vano. La chica guardaba la esperanza de salvarse cuando oía las sirenas de las ambulancias a lo lejos. Se encerró en el baño, Josefina parecía aterrorizada. Mientras, el humo comenzaba a entrar por debajo de la puerta y la chica empezaba a tener dificultades para respirar.

 

De repente, improbablemente, ella descubrió una niña vestida de rojo con un aspecto inocente y le tendió la mano. Josefina no creía lo que veía, que, sin duda, debía ser una alucinación. La niña fue al espejo y entró. Desde dentro, la esperó con una sonrisa y le hizo señas para que la siguiera. Josefina subyugada, sin poder respirar, la siguió sin vacilar.

 

Josefina se encontró en un prado, el pasto estaba de color rojo y el cielo lleno de nubes negras.

 

De repente, Josefina se dio cuenta de que la niña era el diablo y ella estaba muerta.

María,  febrero 2014

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