CUENTOS C1

El verano feliz de la señora Forbes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La señora Forbes parpadeó. Lo hizo otra vez. Después de cinco veces más de parpadear siguió quedándose confundida. Su vista no estaba muy clara. La sensación que sintió en ese momento era muy, pero que muy rara. Era como si estuviera flotando por las nubes. Sacudió la cabeza con fuerza para que el cerebro despertara. ¿Dónde estaba? ¿Qué pasó con los ojos? ¿Cuál era la sensación que corrió por las orejas? ¡Ah! Era como si tuviera un teléfono dentro de la cabeza y alguien estuviera intentando llamarte. Sin parar.

 

Intentó ponerse de pie y casi de inmediato se dio cuenta de que no era como si estuviera flotando, sino que era lo que le estaba ocurriendo de verdad. ¡Dios! Miró abajo. Se quedó asustada, o mejor dicho, completamente aterrorizada. Apartó la vista de lo que acababa de ver y parpadeó como una loca. Tenía un miedo que nunca había sentido en su vida (y había visto muchas cosas raras en 36 años). Miró abajo otra vez. ¡Dios mío! Había un cuerpo justo al lado de la cama, la que pareció como su propia cama. De hecho, la habitación era muy familiar. Frunció el ceño para ver mas claro. El cuerpo estaba desnudo y había mucha sangre a su alrededor.  ¡Qué asco! pensó.  Pero la sangre vino de algo reciente, dado que seguía saliendo de unas heridas que el cuerpo tenía.  Se le escapó un grito.  El pobre cuerpo estaba lleno de heridas.  Debería tener al menos diez.  No, más de veinte. Volvió a mirar a su alrededor, lo cual era un poquito difícil porque estaba casi chocando con el techo.  Cayó en la cuenta de que la habitación no solo tenía aires familiares sino que era, de hecho, su habitación. ¿Qué había pasado? El último recuerdo que tenía eran los niños horrorosos, especialmente el pequeño, el que había dicho antes que no, que no iba a comer esa tarde. Les había dicho que hicieran lo que quisieran, que le daba igual. Después…pensó, después… se había ido de la mesa y de la habitación.  Lo que había pasado más tarde era difícil de recordar. Le resultó fútil. ¡Qué rabia que no tuvieran claridad en la cabeza los eventos de ese día!

 

Miró tentativamente hacia el cuerpo que estaba en el suelo. Tenía que enfrentarse con la verdad de lo que veía. Su cuerpo. Lo que estaba abajo de su mirada era un cuerpo completamente mutilado, con puñaladas y estaba rodeado de sangre. ¡Dios! Si no hubiera muerto, solo el hecho de ver la escena en esa habitación le habría hecho morir. 

 

Orestes; La misma noche:

 

Nada más volver a su casa esa noche, empezó a temblar. ¿Qué vas a hacer? La situación le puso histérico. ¿Debería haberle explicado todo a sus padres con quienes vivía? ¿Debería haberle contado a Flavia lo que había visto? ¡No! Estaba decidido a hacer la única cosa que tenía algo de lógica. Seguramente nadie le había visto huyendo de la casa de los dos hermanos y la señora Forbes. Pero por otra parte no podía estar absolutamente seguro. Esperaba que nadie le hubiera visto, porque si no…, si los dos niños hubieran sido testigos de su presencia y la prisa que había empleado para irse de la casa lo más rápido posible, pues, sería peligroso y todo el mundo le vería culpable. Se sentó al lado de su cama con la espalda contra la pared. Suspiró. ¿Qué vas a hacer?

 

La verdad era que solo había querido tener una charlita con la señora. Habían pasado unas cosas entre los dos desde el día en el que le llevó en su botecito de motor a las tiendas para que ella se comprara un traje de baño. Era un día especial, al menos para él. Los dos habían hablado como si fuesen viejos amigos. No había ninguna sensación de incomodidad y después de que la señora se había comprado el bañador, le sugirió que los dos tomaran una copa y comieran algo juntos.  Como los dos no tenían ninguna prisa, eso es lo que hicieron. Encontraron un restaurante muy guay justo al lado del mar, que también les daba a una vista estupenda. La comida, igual que la vista y la señora misma, fue increíble. La conversación corría de manera estimulante. Los dos charlaban, reían, y comían, mientras el sol bajaba lentamente en el fondo. Tal vez fuera por culpa del vino pero cada vez que le miraba le hacía sentir que acababa de conocer a la mujer de sus sueños. Sí que era verdad que tenía más años de él y que probablemente no viera nada más que un niño en él, pero albergó la esperanza de que no fuera así. Tenía que hacer algo para que ella supiera lo que sentía por ella. Fue en ese momento en el restaurante, conforme iban comiendo y riéndose, se enamoró de ella. 

 

Solo una persona más sabía lo que pensaba y sentía; Flavia. Ella fue la primera persona que le había contado lo que había hecho para llamar la atención de la señora. Había puesto la serpiente de mar en la puerta de la casa de la señora. La señora lo había entendido, sabía que era un animal sagrado para los griegos antiguos. Era su intención y ella lo había entendido. Cuando le contó su intención de ofrecer algo romántico a la señora Forbes a Flavia, no le había tomado en serio.  Solo había parado de reírse para decirte lo tonto que era.

 

De todos modos, cuando la señora y él regresaron, hubo unos besos y promesas de posibilidades de noches juntos. Él, por su parte, y por culpa de la inexperiencia de la vida le había dicho que le quería. Ella le ofreció una sonrisa y le aseguró que hablarían más tarde. Hacía diez días desde entonces, durante los que casi se había muerto de ganas de verla en privado. El día anterior ella le había informado de que tenía un novio en Alemania, del que había recibido una carta en la que decía que él (el novio) estaba preparándose para dejar a su mujer (¡que sí, estaba casado con otra!), y vivir con la Señora Forbes. Así que la señora le contó que no podían seguir viéndose.

 

Se fue a su casa más temprano esa noche solo para hablar, nada más. Solo quería charlar con ella. Pero en este momento se quedó solo, asustado, y sin palabras. La verdad era que quería intentar cambiar lo que pensaba sobre ese novio de Alemania. No había comprendido que una carta le hiciera tan feliz a alguien, especialmente dado que la carta había venido de un chico que ya tenía una mujer. Quería convencer a la señora de que podría tener una vida mucho mejor con él, Orestes. Pero tan pronto como le explicó sus pensamientos a ella, la señora le rechazó. Le puso como una fiera y se fue. No tenía muy claro todo lo que había pasado per recordaba la rabia y la prisa con la que había salido de la casa. 

 

Empezó a quitarse la ropa cuando se dio cuenta de que solo tenía cinco cuchillos y no del sexto como lo normal. ¿Dónde estaba? Buscó por toda la habitación pero no logró conseguirlo. Le entró pánico. Tenía que habérselo dejado en la casa de la señora. 

 

Flavia; unas horas antes:

 

¡Qué cabrón era ese chico! Solo tenía veinte años y ya pensaba que sabía todo lo que había de saber sobre el amor. No era justo que esa bruja Forbes viviera en la isla apenas un mes y hubiera robado el corazón del pobre Orestes. Lástima que los padres do los niños contrataran a la señora y que ella estuviera allí. Se sonrió al pensar en el ofrecimiento que le había dejado Orestes a la señora. Ojalá que le diera cosas así para ella misma. Cada vez que veía a Orestes, se notaba que su amor por él no iba a desaparecer. Pero ahora, con lo que estaba pasando con la señora y Orestes, sabía que estaba a punto de perder su oportunidad. Aunque tuviera un marido, todo el mundo sabía que tenía preferencia por los hombres más jóvenes. Y pese a que tuviera un marido, no era suficiente para esforzarse contra la belleza de Orestes.  Miró en busca del chuchillo que Orestes había dejado, sin intentarlo, antes.  Estaba claro. Si ella no podía tenerlo, nadie podría.  Aun sabiendo que era una cosa no muy probable que los dos fueran a compartir una vida juntos, le entraron ganas de hacer todo lo que pudiera para conseguir lo que más deseaba. Cogió el cuchillo y salió de la casa sin pensar más. 

 

La Señora Forbes:

 

Estaba volando, no porque se sintiera nada feliz, sino porque podía. Al principio le asustó probarlo. Lo guay era que muy pronto cayó en la cuenta de que podía pasar de una habitación a otra como si fuera aire. Se empezó a encontrar algo mejor hasta que so dio cuenta de que no podía salir de casa. Sí que podía espiar a los niños que dormían tranquilamente, o volar hasta la cocina, pero era un problema que cada vez que intentaba salir se encontraba a sí misma chocando con una fuerza invisible. Era como si de repente la casa estuviera rodeada de paredes. Tenía que enfrentarse con la verdad. Estaba muerta. Pero todavía no sabía cómo o qué le había pasado. Sí que poco a poco la memoria estaba volviéndose más clara. Pensó en Orestes. Orestes le había visitado esa noche. Pero no consiguió recordarlo todo. Solo que le había visto y lo raro era que estaba llorando como un niño. No tenía ningún recuerdo de una conversación que quizá hubieran tenido, solo tenía muy clara la imagen de él llamando a la puerta de su habitación y casi de inmediato, se fue muy deprisa. ¿Era posible que hubiera visto su cuerpo tirado por el suelo? ¿O era posible que hubiera sido él quien le hubiera matado? Tenía los cuchillos que llevaban siempre, así que si hubiera querido matarla, habría sido fácil. Sin embargo, por otra parte no era lógico que fuese él quien le hubiera hecho tantas puñaladas, dado que tenía tanto amor por ella. 

 

¡Flavia! De repente una imagen de la mujer loca le llenó la cabeza. Tenía un recuerdo de ella caminando por la casa, mirando encima del hombre con un cuchillo en la mano pero a pesar de intentarlo con todas sus fuerzas, no podía recordar más. Oyó un ruido en el fondo. No, el ruido vino de afuera de la casa. Qué pena que no pudiera salir!  Intentó ver quién era.  ¿Flavia?  Orestes?  Muy en el fondo del jardín había un árbol. Vio a alguien detrás, y aunque le resultara difícil ver con la oscuridad de la noche, se dio cuenta de que era una mujer. Era delgada. Débil. De repente la luna salió de detrás de un nube. Solo fue luz durante cinco segundos. Se le escapó un grito. Era la mujer…la mujer de su novio…

Catherine, 2010

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